sábado, 26 de enero de 2013
Petroleo en la mar
Ha sido una semana dura. Una semana de desamores, una semana de tristeza, de soledad, de desencuentros. De amigos que se pierden y personas que mueren. De frío y dolor, de sacrificio y de esfuerzo, de sonrisas que pesan doscientos kilos.
Pero también ha sido una semana de destellos y alegrias. De recompensas al esfuerzo, de niños que nacen, de desconocidos que te brindan una sonrisa. Ha sido una semana de gloria y triunfo, porque ha sido la semana en que hemos vuelto a la mar.
Cuanta falta hacía. ¡ Y qué hermosura ! El autobus que te lleva antes del amanecer sobre las piedras vetustas, humedas, entre traqueteos asmaticos del motor y rechinar de ruedas demasiado viejas. A tu alrededor el ruido se va desvaneciendo a medida que los colosos aparecen ante ti, apoyados junto al muelle como gigantes dormidos. De sus costados se prolongan estachas, telas de araña que extienden los dedos del buque sobre negros norays que son comas en el muelle. Y la plancha del portalón, esa lengua de acero sobre la que rebotan nuestras botas según subimos y formamos en cubierta de vuelo, listos para presentarnos a la dotación del buque.
Soy turista y me siento extraño. Caras desconocidas, acentos extraños, formas curiosas. Pero una vez empieza el movimiento es como siempre y como nunca. Te pican las manos, quisieras estar ahí siendo protagonista de la magia. Y a medida que te alejas de costa y vas viendo pasar las colinas y la ciudad se va haciendo más pequeña recuerdas y es como si nunca te hubieras ido. Y una parte de ti, esa parte de ti que aulla en los conciertos, que te hace sonreír cuando vas a toda velocidad, esa parte de ti que se crece ante los desafios y que siempre quiere más, más, se despereza en tu interior y pega las primeras dentelladas.
Y una cosa sucede a otra y todo es nuevo y distinto y a la vez igual. Pero cuando consigues un rato y ves la maniobra, el mundo vuelve a ser maravilloso. Los rociones de espuma saltan sobre la cubierta y hay gente que se mueve como patos en una bolera y gente que se mueve como leones en la sabana. Y el viento te quiere quitar la gorra y tu quisieras que te quitara entero y te hiciera volar, lejos, muy lejos. Allá a cincuenta o cien metros está el otro coloso y por la otra banda el otro coloso. Cables os unen y el cabeceo del buque, ese movimiento engañosamente lento que alza olas a babor y estribor te hace sonreír. ¿ Cuantas horas has pasado mirando precisamente eso ? ¿ Y cuantas te quedan por pasar? El mundo es una estela gris que se pierde a lo lejos y estáis en medio de la nada, o quizás a cinco minutos de costa, pero da igual porque eres tu como no lo has sido en mucho tiempo. Y sonríes al que está a tu lado y te devuelve la sonrisa y todo ( ella o ellas, cuanto o tanto, eso o lo otro ) deja de tener sentido porque estás precisamente aquí, precisamente ahora, y no cambiarías este momento por ningún otro del mundo.
Acaba el día y vais entrando. Y no te das ni cuenta, porque estás en las entrañas del coloso, trabajando con numeros y ordenadores y papeles. Y cuando os vais, caminando sobre la lengua de acero sin mirar atrás, hay una parte de ti que se queda y que te espera allí. Y sonríes en tu interior, porque tanto esa parte como tu estáis esperando vuestro próximo encuentro. Porque puedes caminar todo lo que quieras tierra adentro, pero no puedes alejarte del mar que está dentro de ti.
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