jueves, 8 de octubre de 2009

Manos de mar

Estaba en pleno momento relajación y meditación, donde otras personas suelen llevarse revistas e incluso catalogos de supermercados ( si necesitais que os dé más detalles, ya podéis ir desapareciendo de este blog :-P ), cuando me fijé en el tacto de mis manos. Que curioso. Ya me di cuenta hace unas semanas, pero precisamente ahora me ha llamado la atención.
Hay una capa de grasa sobre mis dedos, en el interior. Es una capa dura, tensa, como la que tengo en la esquina del dedo gordo del pie producida por las botas. ¿ Un callo ? Sí, posiblemente. Para mi las manos encallecidas siempre han sido sinonimo de trabajo duro, de sudor, de hombría. Algo muy masculino que pegaba muy poco con un chico rubio y delicado que no llega a los sesenta kilos de peso.
Y sin embargo ahí están. Redondeadas, suaves y duras. Algo sobresalientes, más allá de los esqueletos que siempre he tenido por dedos. Almohadilladas. Recorro la palma y los dedos y recuerdo. Oh, como recuerdo.
Apenas era un niño y me llevaba de la mano. Me fascinaban esas manos. Era el tacto, suave y duro a la vez, comodo, como una almohada dura de esas que tanto me gustan para dormir. Recuerdo estar sentado en sus rodillas, apenas un mico, y jugar a pasar mi dedo por su mano intentando hacerle cosquillas. A él le encantaba. Es uno de esos recuerdos prepuberes, que uno no sabe muy bien si son ciertos o soñados. Recuerdo la sensación que siempre me fascinó e incluso luego, más mayor, a veces le pedía que me dejara cogerle la mano solo para reencontrarme con ese tacto que para mi siempre supo a familia, a hogar, a cariño.
Las manos de mi abuelo eran manos de mar. Empezó a trabajar cargando cajas de pescado cuando tenía ocho años y se retiró ya más cerca de los sesenta que de los cincuenta. Era un hombre de miembros delgados pero nervudos, fuertes, hombros anchos, cintura estrecha y piel morena. Tenía arrugas que debían estar ahí desde siempre y cuando sonreía le brillaban los ojos. A veces ensayaba un paso de boxeo e intentaba esquivarlo, lo que su cadera ya con una edad daba de sí. Era muy divertido, aunque daba imagen de seriedad e imponía respeto por su forma de ser, callada, reservada. Una persona más dada a escuchar que a hablar y que tanteaba con mucho cuidado antes de poner el pie en un sitio.
Yo he intentado seguir su ejemplo tanto como mi carácter me ha permitido. Y hoy, casi sin querer, me he reencontrado con sus manos en las mías. Sé que estos callos se me quitarán durante los proximos días de descanso y que volverán a salir en cuanto vuelva al barco. Son callos hechos de halar de boza y codera, de adujar cabos, de levantar estachas, de cargar defensas. Son callos de cubierta y me han costado no pocos disgustos y tensiones. Pero en estos momentos que mentalmente me despido del barco, me recuerdan quien soy y de donde vengo. Y me permiten soñar con ese mico que jugaba en las rodillas de mi abuelo a tocar esos mismos callos.

Cuidarse. Se os echa de menos
Sr Ale

jueves, 1 de octubre de 2009

La costa a sotavento

Acabo de ducharme y me paso la mano por la cara para retirar los ultimos restos del sueño. Que día. Desde las siete de la mañana en danza. Primero levantante y ponte el chaleco para salir a cubierta a arriar los botes. Gritos, desorden, risas. Tus compañeros y tu os tumbais en el sofá y os convertís en gatitos, perezosos, indolentes, egoistas, adorables. Afuera el viento pega fuerte, la mar se revuelve y es una locura echar los botes, pero el trabajo de los marineros es ser locos por capricho de quien lo mira desde la barrera.
Arriba en el puente el comandante arquea las cejas. Al agua con ellos, parece ordenar. Al agua con ellos ordena, de hecho. Y allá que vamos nosotros, ajustamos defensa, quitamos sables, retiramos ganchos, agarramos boza y codera. Los botes bajan a media altura y dos compañeros los abordan para quitarle los ganchos y terminar de bajarlo. Se hace. El bote se sacude y da volteretas, mis colegas llevan casco por algo, todos estamos tensos. El comandante nos manda jugarnos la vida y todos tenemos la impresión de que es por una tontería.

Pasa el tiempo. Hemos sobrevivido a la maniobra y hemos pasado un parentesis de unas dos horas mientras salimos o no salimos. Atrás del barco, el bote cabecea como un loco entre el oleaje con mi jefe dentro, esa persona que aparte de otras cosas, en verdad es un amigo. Va sin boza porque partió en el agua y por eso salieron corriendo, antes de partir algo más y quedarse sin bote o quizás sin personal. Ahora hemos llegado a una zona donde pega menos, aunque también mucho y salimos. Allá que voy. Es mi momento de trabajar de piloto y ganarme si no las alas, sí por lo menos el sueldo. Para eso he venido aquí.
Reniego en arameo. No tenemos comida, no tenemos bebida, no tenemos nada más que nuestras ganas. El jefe de mi jefe comenta que " el comandante proveerá " y nosotros nos reimos atravesados, malos. Ya imagino como proveerá. Como lo hace todo. Pero aún así vamos, porque nuestro orgullo es un trabajo bien hecho y aunque nos enfade, nos encanta hacer lo que hacemos.
Y ahí vamos. Y nos acercamos a la orilla para sondar la costa y nos jugamos el tipo, entrando en sitios donde nos exponemos a que la cosa salga mal y nos rompa todo y nos zarandeemos y nos estrellemos. No será el primer ni el ultimo accidente.

Y pasa. Estamos ahí y pasa. A unos veinte metros de la orilla se enreda una maraña de cabos en la helice y quedamos a la deriva. Sin motor, con rocas al lado y el viento y la marea empujando fuerte. El jefe de mi jefe salta, intenta cortarlo, no hay manera. Ordena tirar el rezón, un ancla pequeña que llevamos a bordo. Apenas estoy haciendola firme a cubierta cuando ya la ha tirado: hay prisas. La situación es peligrosa pero no nos descomponemos ni nos alteramos, tenemos que estar ahí y mantener la calma. Por nosotros mismos y por el que está al lado, que necesita alguien firme en quien apoyarse. Yo me apoyo en él y él se apoya en mi.
Llega la caballeria. Estamos intentando asegurarnos cuando vemos el otro bote, que es tan hermoso como si el cielo se abriera y Dios nos mandara a sus angelitos, mis compañeros, mis amigos. Llegan riendose y burlandose de nosotros, proponiendo soluciones, bien. Si hay algo que me fascina de esta empresa, desde que lo he vivido, es la capacidad para resolver situaciones de crisis. Sin perder el control, sin reproches, sin malas caras. Luego se dirimirán responsabilidades. Lo primero es arreglar esto y luego ya veremos.
Y efectivamente lo arreglamos. No podemos, si podemos, mierda. Una ola más alta que nosotros nos entra por proa y nos agarramos a cubierta con los dientes, rezando porque el rezón nos sostenga. Lo hace. Enganchamos el cabo y mientras el jefe de mi jefe aprieta yo le hago un nudo. Un nudo, dos nudos, tres nudos. Firme a cubierta. Paseme el otro, mi oficial. Ahí estamos. Lo hemos conseguido o eso parece. Ahora que aguante. La tensión y el miedo. ¿ Lo habré hecho bien ? Sí, lo he hecho. Nos relajamos, nos reimos de otra manera. Ahí estamos. A lo lejos quedan las olas que nos levantaron y las rocas que nos amenazaban. Y volvemos al barco, a donde otros amigos nos esperan para arreglar el bote y ese extraño personaje, que nos mira desde arriba, manda a otros compañeros a jugarse el tipo sin importarle lo más mínimo su salud.
Pero que demonios. Yo llego a la cocina con mis compañeros y no hay comida para nosotros por la hora a la que llegamos, pero nuestros compañeros nos hacen unos bocatas. Como nos dijeron en la escuela a la hora de explicarnos sobre las especialidades, ese bocata que te hace el hostelero sin tener porqué es el que mejor sabe, porque no solo es un trozo de comida caliente sino el abrazo de un amigo. Y nos lo comemos, y nos apoyamos y seguimos trabajando.

Porque esto es lo que somos. Y porque cuando el viento te aprieta y no puedes asustarte porque estás con tu gente, lo unico que te queda es eso. Ese ratito atenazado por el miedo en el que lo superaste y el abrazo que te dan al volver. Hasta la próxima vez que esa costa esté ahí, cuando quizás el bote no llegue a tiempo, el cabo se parta, el rezón no enganche o pasen cualquiera de las otras cincuenta mil cosas que pudieron haber pasado y habrían acabado contigo.

Pero mientras, que te quiten lo bailado.