lunes, 13 de abril de 2015

¡Curso!

Vas caminando de noche, pensando en tus cosas, cuando oyes ese grito en medio de una plaza. De un lado, un compañero cuyo nombre ni recuerdas , hace siete años aspirante a marinero igual que yo. Del otro un sargento bastante borracho y sorprendido. "Me suena de algo este tío...". Y de repente un abrazo, buenas noticias, ganas de alegrarse por el otro. Que maravilla. Cuanto une la miseria compartida, pero de que forma condiciona nuestra vida futura. En cualquier lugar de España, pero sobre todo cerca del mar, alguien que escuche ese grito sabe que tiene ahí a alguien en quien puede confiar. Más allá de la situación personal, de las circunstancias, de las relaciones. Es alguien que está ahí y tu estás para él, aunque ni os conozcais casi.
Es la familia que uno no elige, sino que le toca. Cuando un día os metieron a mogollón en un almacen y os vistieron, para que salierais todos iguales. Cuando os gritaron, cuando formasteis, cuando corristeis. Cuando pasasteis noches viendo llover, contandoos vuestra vida para recordar que aun erais humanos, no maquinas. Cuando os enseñaron que erais tan buenos como el peor de vosotros, cuando os enseñaron a callaros para que no castigaran al compañero, cuando os hicieron una brigada.

Y luego te sueltan al mundo y pasan cosas, y la vida sigue, y teneis novias, hijos, problemas, historias, estudios, trabajos, más problemas, y día a día vas siendo más "tu" y menos "nosotros". Hasta que de repente una noche, vas andando y escuchas ese grito y sientes unos brazos al cuello. Y sabes que da igual lo lejos que te vayas o lo perdido que estés, ahí tienes un hermano, de esos que no elegiste sino que te tocó, y te sientes lleno de alegria y de gratitud porque exista.

P.D: Dedicado a Santi Primero, que es el que las lia siempre. Y a Zeke, a Bifu, a Borja, a Dieter, a Patricio, a Jaime (que es una maquina), a Marco, a Glenis y sus amigas, a Nani y al resto de zocotrocos de cuyo nombre no me quiero acordar.

lunes, 23 de febrero de 2015

Y volví a oler el mar


El aire se te reseca en la garganta. Te pica la nariz, te despiertas tosiendo. Algo no va bien. Notas escamas en el lomo. ¿Qué será eso? Te miras en el espejo y hay arrugas que antes no tenías, aunque cuando sonríes sigue partiendose el rostro como un cristal al que golpea una piedra.
Hay un circulo rojo en el calendario que se aproxima a toda velocidad. No te acuerdas de lo que es. Y de repente estás en un coche y el petate está en el maletero y los kilometros vuelan mientras la conversación os abraza, os separa, os vuelve a encontrar. Es un duelo, es un baile, es la vieja canción de la amistad.

Y ahí está. El puente que se perfila de noche, las luces del nuevo, la grua portico del astillero al lado. Y no puedes sentirlo, aún no, pero ya lo ves y sabes que está ahí. El gran azul que lo envuelve todo, gigante de olas suaves que lame la orilla, presencia ominosa en la noche, sombra que abraza sombra. La vieja historia de los coches, las casas, los hombres. Y cuando tus botas se posan el viento te mueve el pelo, y la humedad te pellizca las mejillas como una abuela cariñosa. Y sabes que estás en casa.

Pasan historias. Hay canciones, hay gente, hay musica y comida y escenarios eternos. Y siempre está el azul ahí, mirandote por el rabillo del ojo, recordandote que está dentro de ti y tu estás dentro de él. El cielo y el mar se separan en nubes blancas, espuma blanca, espiritus blancos. Pero todo vuelve al azul y, a medida que el sol quema el horizonte, en malvas y negros hasta que la noche lo reclama todo, sientes su mirada intensa, profunda, paciente.  Y hay farolas y hay canciones y hay disfraces. ¿Y qué más da? Él está ahí, como lo ha estado siempre. Que sabe quien eres y que eres, como ni siquiera tu lo sabes. Y el que te trae, el que lo comparte contigo, el que lo vive, es tu hermano aunque no te conoce.
Este fin de semana volví a oler el mar. Volví a casa, aunque solo fuera un ratito.