Pasa el tiempo y lo contemplo desde la ventana de la terraza de mi cuarto. Que raro sabe el aire en tierra, tan lejos del aire. Escucho los coches, escucho la gente, escucho el silencio. Me he perdido algo. No me termino de hallar, faltan demasiadas cosas de mi mismo en este sitio. Regalos, coche, citas, familias, discusiones, compromisos, carreras. Gente que no viste de uniforme, gente que se permite ser debil, gente que no tiene palabra. Hay algo en la tierra que me envenena y me hace preguntarme porqué estoy aquí y añorar la limpida claridad del cielo punteado de estrellas y la sana paliza de los horarios. Se reparte el primer turno de la comida. Entra la tercera guardia de mar. Comienzan limpiezas y mantenimientos. Todo organizado y a salto de mata.
No soy el unico al que le pasa. Lejos de la despiadada crueldad del mar, mucha gente se encuentra olvidando que lleva un uniforme y todo lo que eso conlleva. Hay algunos que llevan uniforme incluso en chandal, y otros que por mucha ropa que lleven siempre seguirán siendo cascarón de huevo. Gente indigna de compartir espacio y no hablemos ya trabajo con gente que nació sabiendo cosas que ellos no aprenderán en toda la vida. Gente que le da un sentido aún más amplio a la palabra escoria.
El problema es cuando se trasgueden las fronteras y la mierda te sube por encima de las rodillas. Entonces, dependiendo de tu carácter, echas pestes en arameo y reniegas de todo, cagandote en Dios, o te encoges de hombros y lo soportas con estoicismo. La gente del mar somos sufrida, pero orgullosa. Y hay cosas y situaciones que son demasiado para vivirlas en silencio.
¿ Qué es lo que le da sentido a tu vida ? ¿ Qué te calienta cuando llueve, y hace frio, y te duelen las manos pero las levantas para izar la bandera ? ¿ El patriotismo ? ¿ El valor ? ¿ La fé ?
Te lo da el orgullo. La certeza de que perteneces a un mundo donde la lucha tiene sentido. De que el jefe de tu jefe, que se fue a otro barco pero siempre llevarás en el corazón, es alguien que merece que se pongan firme ante él para saludarlo. Porque tratandolo como se merece lo honras a él y te honras a ti mismo, así como ennobleces el uniforme que los dos compartís. Y si eso se pierde, entonces ya se puede hundir el mundo y que le vayan dando por culo muy mucho. Yo no me he dejado la muñeca trabajando para que ahora se pierda lo unico que tiene sentido en esta perra vida militar.
Mendez Nuñez, situado entre obedecer las ordenes y sucumbir al enemigo o desobedecerlas y volver avergonzado a España, dijo que prefería " honra sin barcos que barcos sin honra ". Quiera Dios que siempre queden hombres que lleven la cabeza tan alta como para decir eso sin que se les caiga la cara de vergüenza.
Un saludo. Es bueno volver a casa.
martes, 15 de diciembre de 2009
jueves, 8 de octubre de 2009
Manos de mar
Estaba en pleno momento relajación y meditación, donde otras personas suelen llevarse revistas e incluso catalogos de supermercados ( si necesitais que os dé más detalles, ya podéis ir desapareciendo de este blog :-P ), cuando me fijé en el tacto de mis manos. Que curioso. Ya me di cuenta hace unas semanas, pero precisamente ahora me ha llamado la atención.
Hay una capa de grasa sobre mis dedos, en el interior. Es una capa dura, tensa, como la que tengo en la esquina del dedo gordo del pie producida por las botas. ¿ Un callo ? Sí, posiblemente. Para mi las manos encallecidas siempre han sido sinonimo de trabajo duro, de sudor, de hombría. Algo muy masculino que pegaba muy poco con un chico rubio y delicado que no llega a los sesenta kilos de peso.
Y sin embargo ahí están. Redondeadas, suaves y duras. Algo sobresalientes, más allá de los esqueletos que siempre he tenido por dedos. Almohadilladas. Recorro la palma y los dedos y recuerdo. Oh, como recuerdo.
Apenas era un niño y me llevaba de la mano. Me fascinaban esas manos. Era el tacto, suave y duro a la vez, comodo, como una almohada dura de esas que tanto me gustan para dormir. Recuerdo estar sentado en sus rodillas, apenas un mico, y jugar a pasar mi dedo por su mano intentando hacerle cosquillas. A él le encantaba. Es uno de esos recuerdos prepuberes, que uno no sabe muy bien si son ciertos o soñados. Recuerdo la sensación que siempre me fascinó e incluso luego, más mayor, a veces le pedía que me dejara cogerle la mano solo para reencontrarme con ese tacto que para mi siempre supo a familia, a hogar, a cariño.
Las manos de mi abuelo eran manos de mar. Empezó a trabajar cargando cajas de pescado cuando tenía ocho años y se retiró ya más cerca de los sesenta que de los cincuenta. Era un hombre de miembros delgados pero nervudos, fuertes, hombros anchos, cintura estrecha y piel morena. Tenía arrugas que debían estar ahí desde siempre y cuando sonreía le brillaban los ojos. A veces ensayaba un paso de boxeo e intentaba esquivarlo, lo que su cadera ya con una edad daba de sí. Era muy divertido, aunque daba imagen de seriedad e imponía respeto por su forma de ser, callada, reservada. Una persona más dada a escuchar que a hablar y que tanteaba con mucho cuidado antes de poner el pie en un sitio.
Yo he intentado seguir su ejemplo tanto como mi carácter me ha permitido. Y hoy, casi sin querer, me he reencontrado con sus manos en las mías. Sé que estos callos se me quitarán durante los proximos días de descanso y que volverán a salir en cuanto vuelva al barco. Son callos hechos de halar de boza y codera, de adujar cabos, de levantar estachas, de cargar defensas. Son callos de cubierta y me han costado no pocos disgustos y tensiones. Pero en estos momentos que mentalmente me despido del barco, me recuerdan quien soy y de donde vengo. Y me permiten soñar con ese mico que jugaba en las rodillas de mi abuelo a tocar esos mismos callos.
Cuidarse. Se os echa de menos
Sr Ale
Hay una capa de grasa sobre mis dedos, en el interior. Es una capa dura, tensa, como la que tengo en la esquina del dedo gordo del pie producida por las botas. ¿ Un callo ? Sí, posiblemente. Para mi las manos encallecidas siempre han sido sinonimo de trabajo duro, de sudor, de hombría. Algo muy masculino que pegaba muy poco con un chico rubio y delicado que no llega a los sesenta kilos de peso.
Y sin embargo ahí están. Redondeadas, suaves y duras. Algo sobresalientes, más allá de los esqueletos que siempre he tenido por dedos. Almohadilladas. Recorro la palma y los dedos y recuerdo. Oh, como recuerdo.
Apenas era un niño y me llevaba de la mano. Me fascinaban esas manos. Era el tacto, suave y duro a la vez, comodo, como una almohada dura de esas que tanto me gustan para dormir. Recuerdo estar sentado en sus rodillas, apenas un mico, y jugar a pasar mi dedo por su mano intentando hacerle cosquillas. A él le encantaba. Es uno de esos recuerdos prepuberes, que uno no sabe muy bien si son ciertos o soñados. Recuerdo la sensación que siempre me fascinó e incluso luego, más mayor, a veces le pedía que me dejara cogerle la mano solo para reencontrarme con ese tacto que para mi siempre supo a familia, a hogar, a cariño.
Las manos de mi abuelo eran manos de mar. Empezó a trabajar cargando cajas de pescado cuando tenía ocho años y se retiró ya más cerca de los sesenta que de los cincuenta. Era un hombre de miembros delgados pero nervudos, fuertes, hombros anchos, cintura estrecha y piel morena. Tenía arrugas que debían estar ahí desde siempre y cuando sonreía le brillaban los ojos. A veces ensayaba un paso de boxeo e intentaba esquivarlo, lo que su cadera ya con una edad daba de sí. Era muy divertido, aunque daba imagen de seriedad e imponía respeto por su forma de ser, callada, reservada. Una persona más dada a escuchar que a hablar y que tanteaba con mucho cuidado antes de poner el pie en un sitio.
Yo he intentado seguir su ejemplo tanto como mi carácter me ha permitido. Y hoy, casi sin querer, me he reencontrado con sus manos en las mías. Sé que estos callos se me quitarán durante los proximos días de descanso y que volverán a salir en cuanto vuelva al barco. Son callos hechos de halar de boza y codera, de adujar cabos, de levantar estachas, de cargar defensas. Son callos de cubierta y me han costado no pocos disgustos y tensiones. Pero en estos momentos que mentalmente me despido del barco, me recuerdan quien soy y de donde vengo. Y me permiten soñar con ese mico que jugaba en las rodillas de mi abuelo a tocar esos mismos callos.
Cuidarse. Se os echa de menos
Sr Ale
jueves, 1 de octubre de 2009
La costa a sotavento
Acabo de ducharme y me paso la mano por la cara para retirar los ultimos restos del sueño. Que día. Desde las siete de la mañana en danza. Primero levantante y ponte el chaleco para salir a cubierta a arriar los botes. Gritos, desorden, risas. Tus compañeros y tu os tumbais en el sofá y os convertís en gatitos, perezosos, indolentes, egoistas, adorables. Afuera el viento pega fuerte, la mar se revuelve y es una locura echar los botes, pero el trabajo de los marineros es ser locos por capricho de quien lo mira desde la barrera.
Arriba en el puente el comandante arquea las cejas. Al agua con ellos, parece ordenar. Al agua con ellos ordena, de hecho. Y allá que vamos nosotros, ajustamos defensa, quitamos sables, retiramos ganchos, agarramos boza y codera. Los botes bajan a media altura y dos compañeros los abordan para quitarle los ganchos y terminar de bajarlo. Se hace. El bote se sacude y da volteretas, mis colegas llevan casco por algo, todos estamos tensos. El comandante nos manda jugarnos la vida y todos tenemos la impresión de que es por una tontería.
Pasa el tiempo. Hemos sobrevivido a la maniobra y hemos pasado un parentesis de unas dos horas mientras salimos o no salimos. Atrás del barco, el bote cabecea como un loco entre el oleaje con mi jefe dentro, esa persona que aparte de otras cosas, en verdad es un amigo. Va sin boza porque partió en el agua y por eso salieron corriendo, antes de partir algo más y quedarse sin bote o quizás sin personal. Ahora hemos llegado a una zona donde pega menos, aunque también mucho y salimos. Allá que voy. Es mi momento de trabajar de piloto y ganarme si no las alas, sí por lo menos el sueldo. Para eso he venido aquí.
Reniego en arameo. No tenemos comida, no tenemos bebida, no tenemos nada más que nuestras ganas. El jefe de mi jefe comenta que " el comandante proveerá " y nosotros nos reimos atravesados, malos. Ya imagino como proveerá. Como lo hace todo. Pero aún así vamos, porque nuestro orgullo es un trabajo bien hecho y aunque nos enfade, nos encanta hacer lo que hacemos.
Y ahí vamos. Y nos acercamos a la orilla para sondar la costa y nos jugamos el tipo, entrando en sitios donde nos exponemos a que la cosa salga mal y nos rompa todo y nos zarandeemos y nos estrellemos. No será el primer ni el ultimo accidente.
Y pasa. Estamos ahí y pasa. A unos veinte metros de la orilla se enreda una maraña de cabos en la helice y quedamos a la deriva. Sin motor, con rocas al lado y el viento y la marea empujando fuerte. El jefe de mi jefe salta, intenta cortarlo, no hay manera. Ordena tirar el rezón, un ancla pequeña que llevamos a bordo. Apenas estoy haciendola firme a cubierta cuando ya la ha tirado: hay prisas. La situación es peligrosa pero no nos descomponemos ni nos alteramos, tenemos que estar ahí y mantener la calma. Por nosotros mismos y por el que está al lado, que necesita alguien firme en quien apoyarse. Yo me apoyo en él y él se apoya en mi.
Llega la caballeria. Estamos intentando asegurarnos cuando vemos el otro bote, que es tan hermoso como si el cielo se abriera y Dios nos mandara a sus angelitos, mis compañeros, mis amigos. Llegan riendose y burlandose de nosotros, proponiendo soluciones, bien. Si hay algo que me fascina de esta empresa, desde que lo he vivido, es la capacidad para resolver situaciones de crisis. Sin perder el control, sin reproches, sin malas caras. Luego se dirimirán responsabilidades. Lo primero es arreglar esto y luego ya veremos.
Y efectivamente lo arreglamos. No podemos, si podemos, mierda. Una ola más alta que nosotros nos entra por proa y nos agarramos a cubierta con los dientes, rezando porque el rezón nos sostenga. Lo hace. Enganchamos el cabo y mientras el jefe de mi jefe aprieta yo le hago un nudo. Un nudo, dos nudos, tres nudos. Firme a cubierta. Paseme el otro, mi oficial. Ahí estamos. Lo hemos conseguido o eso parece. Ahora que aguante. La tensión y el miedo. ¿ Lo habré hecho bien ? Sí, lo he hecho. Nos relajamos, nos reimos de otra manera. Ahí estamos. A lo lejos quedan las olas que nos levantaron y las rocas que nos amenazaban. Y volvemos al barco, a donde otros amigos nos esperan para arreglar el bote y ese extraño personaje, que nos mira desde arriba, manda a otros compañeros a jugarse el tipo sin importarle lo más mínimo su salud.
Pero que demonios. Yo llego a la cocina con mis compañeros y no hay comida para nosotros por la hora a la que llegamos, pero nuestros compañeros nos hacen unos bocatas. Como nos dijeron en la escuela a la hora de explicarnos sobre las especialidades, ese bocata que te hace el hostelero sin tener porqué es el que mejor sabe, porque no solo es un trozo de comida caliente sino el abrazo de un amigo. Y nos lo comemos, y nos apoyamos y seguimos trabajando.
Porque esto es lo que somos. Y porque cuando el viento te aprieta y no puedes asustarte porque estás con tu gente, lo unico que te queda es eso. Ese ratito atenazado por el miedo en el que lo superaste y el abrazo que te dan al volver. Hasta la próxima vez que esa costa esté ahí, cuando quizás el bote no llegue a tiempo, el cabo se parta, el rezón no enganche o pasen cualquiera de las otras cincuenta mil cosas que pudieron haber pasado y habrían acabado contigo.
Pero mientras, que te quiten lo bailado.
Arriba en el puente el comandante arquea las cejas. Al agua con ellos, parece ordenar. Al agua con ellos ordena, de hecho. Y allá que vamos nosotros, ajustamos defensa, quitamos sables, retiramos ganchos, agarramos boza y codera. Los botes bajan a media altura y dos compañeros los abordan para quitarle los ganchos y terminar de bajarlo. Se hace. El bote se sacude y da volteretas, mis colegas llevan casco por algo, todos estamos tensos. El comandante nos manda jugarnos la vida y todos tenemos la impresión de que es por una tontería.
Pasa el tiempo. Hemos sobrevivido a la maniobra y hemos pasado un parentesis de unas dos horas mientras salimos o no salimos. Atrás del barco, el bote cabecea como un loco entre el oleaje con mi jefe dentro, esa persona que aparte de otras cosas, en verdad es un amigo. Va sin boza porque partió en el agua y por eso salieron corriendo, antes de partir algo más y quedarse sin bote o quizás sin personal. Ahora hemos llegado a una zona donde pega menos, aunque también mucho y salimos. Allá que voy. Es mi momento de trabajar de piloto y ganarme si no las alas, sí por lo menos el sueldo. Para eso he venido aquí.
Reniego en arameo. No tenemos comida, no tenemos bebida, no tenemos nada más que nuestras ganas. El jefe de mi jefe comenta que " el comandante proveerá " y nosotros nos reimos atravesados, malos. Ya imagino como proveerá. Como lo hace todo. Pero aún así vamos, porque nuestro orgullo es un trabajo bien hecho y aunque nos enfade, nos encanta hacer lo que hacemos.
Y ahí vamos. Y nos acercamos a la orilla para sondar la costa y nos jugamos el tipo, entrando en sitios donde nos exponemos a que la cosa salga mal y nos rompa todo y nos zarandeemos y nos estrellemos. No será el primer ni el ultimo accidente.
Y pasa. Estamos ahí y pasa. A unos veinte metros de la orilla se enreda una maraña de cabos en la helice y quedamos a la deriva. Sin motor, con rocas al lado y el viento y la marea empujando fuerte. El jefe de mi jefe salta, intenta cortarlo, no hay manera. Ordena tirar el rezón, un ancla pequeña que llevamos a bordo. Apenas estoy haciendola firme a cubierta cuando ya la ha tirado: hay prisas. La situación es peligrosa pero no nos descomponemos ni nos alteramos, tenemos que estar ahí y mantener la calma. Por nosotros mismos y por el que está al lado, que necesita alguien firme en quien apoyarse. Yo me apoyo en él y él se apoya en mi.
Llega la caballeria. Estamos intentando asegurarnos cuando vemos el otro bote, que es tan hermoso como si el cielo se abriera y Dios nos mandara a sus angelitos, mis compañeros, mis amigos. Llegan riendose y burlandose de nosotros, proponiendo soluciones, bien. Si hay algo que me fascina de esta empresa, desde que lo he vivido, es la capacidad para resolver situaciones de crisis. Sin perder el control, sin reproches, sin malas caras. Luego se dirimirán responsabilidades. Lo primero es arreglar esto y luego ya veremos.
Y efectivamente lo arreglamos. No podemos, si podemos, mierda. Una ola más alta que nosotros nos entra por proa y nos agarramos a cubierta con los dientes, rezando porque el rezón nos sostenga. Lo hace. Enganchamos el cabo y mientras el jefe de mi jefe aprieta yo le hago un nudo. Un nudo, dos nudos, tres nudos. Firme a cubierta. Paseme el otro, mi oficial. Ahí estamos. Lo hemos conseguido o eso parece. Ahora que aguante. La tensión y el miedo. ¿ Lo habré hecho bien ? Sí, lo he hecho. Nos relajamos, nos reimos de otra manera. Ahí estamos. A lo lejos quedan las olas que nos levantaron y las rocas que nos amenazaban. Y volvemos al barco, a donde otros amigos nos esperan para arreglar el bote y ese extraño personaje, que nos mira desde arriba, manda a otros compañeros a jugarse el tipo sin importarle lo más mínimo su salud.
Pero que demonios. Yo llego a la cocina con mis compañeros y no hay comida para nosotros por la hora a la que llegamos, pero nuestros compañeros nos hacen unos bocatas. Como nos dijeron en la escuela a la hora de explicarnos sobre las especialidades, ese bocata que te hace el hostelero sin tener porqué es el que mejor sabe, porque no solo es un trozo de comida caliente sino el abrazo de un amigo. Y nos lo comemos, y nos apoyamos y seguimos trabajando.
Porque esto es lo que somos. Y porque cuando el viento te aprieta y no puedes asustarte porque estás con tu gente, lo unico que te queda es eso. Ese ratito atenazado por el miedo en el que lo superaste y el abrazo que te dan al volver. Hasta la próxima vez que esa costa esté ahí, cuando quizás el bote no llegue a tiempo, el cabo se parta, el rezón no enganche o pasen cualquiera de las otras cincuenta mil cosas que pudieron haber pasado y habrían acabado contigo.
Pero mientras, que te quiten lo bailado.
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Feliz día de la familia
Mañana es el día de la familia a bordo de mi barco. Quien más quien menos, la mayoria de la gente traerá a aquellos que son importantes para ellos.
Por mi parte no viene nadie. Cuando me pregunten los compañeros, diré que mi familia son ellos y me reiré. Si lo hace Antonio, le diré que soy un tío triste. Es lo que él siempre me dice.
Mentiría si dijera que no me importa. Hay noches en que uno bebe melancolia como otra gente beben cerveza y yo me estoy sirviendo una copa muy llena. Durante un tiempo soñé que la chica de africa vendría a verme. Casualidades de la vida, precisamente el día de la familia es cuando ella libra del trabajo. Podría venir con los dos chiquillos y seriamos una familia feliz. Durante un tiempo soñé con eso.
Lo que es la vida. Tantas palabras bonitas para nada. Hace mucho tiempo tuve una novia, de allá donde la gente samba y el tiempo siempre es bueno y la gente sonríe. Nunca me decía palabras bonitas y era divertida, pero hacía cosas. Las palabras bonitas están bein, pero hacer cosas es aún mejor. En noches como esta, echo de menos a mi chica que no bailaba samba, ni decía palabras bonitas, pero siempre sabía como hacerme reír.
La cerveza baila en el vaso y el bocadillo se termina de calentar. El agua que hierve no es el reflejo de mi sangre, tranquila y fría, reposada. Ya he saboreado muchas veces esta copa. La soledad tiene sentido contra un fondo de gente, ruido y movimiento. Cuando tras la soledad solo hay un libro, trabajo y esfuerzo, la soledad no duele tanto. He aprendido a picotear de la compañia y a ser como el camello, que bebe un vaso de agua cada día. Yo puedo disfrutar de un rayo de luz diario y seguir adelante, ajeno a lo demás.
¿ Una familia yo ? No me jodas. Mi familia es la dotación del barco, mi hogar es el mar hasta donde llegue la vista. Water, water, everywhere, and not a drop to drink.
Y luego me preguntan porqué quiero salir a navegar...
Por mi parte no viene nadie. Cuando me pregunten los compañeros, diré que mi familia son ellos y me reiré. Si lo hace Antonio, le diré que soy un tío triste. Es lo que él siempre me dice.
Mentiría si dijera que no me importa. Hay noches en que uno bebe melancolia como otra gente beben cerveza y yo me estoy sirviendo una copa muy llena. Durante un tiempo soñé que la chica de africa vendría a verme. Casualidades de la vida, precisamente el día de la familia es cuando ella libra del trabajo. Podría venir con los dos chiquillos y seriamos una familia feliz. Durante un tiempo soñé con eso.
Lo que es la vida. Tantas palabras bonitas para nada. Hace mucho tiempo tuve una novia, de allá donde la gente samba y el tiempo siempre es bueno y la gente sonríe. Nunca me decía palabras bonitas y era divertida, pero hacía cosas. Las palabras bonitas están bein, pero hacer cosas es aún mejor. En noches como esta, echo de menos a mi chica que no bailaba samba, ni decía palabras bonitas, pero siempre sabía como hacerme reír.
La cerveza baila en el vaso y el bocadillo se termina de calentar. El agua que hierve no es el reflejo de mi sangre, tranquila y fría, reposada. Ya he saboreado muchas veces esta copa. La soledad tiene sentido contra un fondo de gente, ruido y movimiento. Cuando tras la soledad solo hay un libro, trabajo y esfuerzo, la soledad no duele tanto. He aprendido a picotear de la compañia y a ser como el camello, que bebe un vaso de agua cada día. Yo puedo disfrutar de un rayo de luz diario y seguir adelante, ajeno a lo demás.
¿ Una familia yo ? No me jodas. Mi familia es la dotación del barco, mi hogar es el mar hasta donde llegue la vista. Water, water, everywhere, and not a drop to drink.
Y luego me preguntan porqué quiero salir a navegar...
jueves, 20 de agosto de 2009
Mientras arde Roma
Me asomo a mi balcón, ese pequeño mirador al trozo de mundo que es mi calle, con un vaso de coca cola en las manos y la mente a miles de kms de distancia. Pienso en el tiempo y el espacio que se pliegan ante mis ojos nostalgicos y en todo lo que fue y todo lo que será. Mesianismo. Soledad y nostalgia. Miedo. Sexo.
Ante mí se muestra lo que fue y lo que será. Y elijo no elegir. Mientras tanto, respiro la brisa que viene del mar y oigo a lo lejos las motos que siempre circulan por esta ciudad maldita, querida por los dioses. Siento la presión del tiempo contra mi piel, tiempo perdido y tiempo regalado y tiempo útil y tiempo muerto. Como piel que, reseca, se cae para dejar al descubierto nueva piel con el sonrosado color de los recién nacidos.
¿ Qué espero de la vida ? ¿ Qué quiero ? Quizás ese rato sentado viendo la tele con mi madre es tiempo perdido o quizás sea un tesoro que recordaré con nostalgia en años venideros. Y siento el ansia del mar que me llama, que me reclama, que me sugiere. El mar donde no hay caminos, o donde todos los caminos están por venir y donde nada es futuro ni pasado, sino todo es presente y sucede a la vez. Donde no existe más compulsión que el reclamo de la tierra y del puerto, tierra de miel y leche donde todas las fatigas serán recompensadas y donde será posible el olvido. ¿ Fuga ? Huyo de la tierra al mar y del mar a la tierra. Y mientras, la coca cola va desapareciendo y me dirijo a la cocina a por más.
Sí, han sido largos meses. Y aún faltan los ultimos coletazos antes de la próxima llamada por megafonia, el próximo babor y estribor de guardia, las proximas formaciones. Pero en este momento distante, encerrado en el silencio calido de mi oscura atalaya, pienso que ha sido un suspiro. Una pequeña contraccion del tiempo. Y que nada de lo que he vivido es real, o quizás ha sido todo tan real que mi vida palidece al pensar en ello.
Podría arder Roma a mis pies y todo me daría igual.
Ante mí se muestra lo que fue y lo que será. Y elijo no elegir. Mientras tanto, respiro la brisa que viene del mar y oigo a lo lejos las motos que siempre circulan por esta ciudad maldita, querida por los dioses. Siento la presión del tiempo contra mi piel, tiempo perdido y tiempo regalado y tiempo útil y tiempo muerto. Como piel que, reseca, se cae para dejar al descubierto nueva piel con el sonrosado color de los recién nacidos.
¿ Qué espero de la vida ? ¿ Qué quiero ? Quizás ese rato sentado viendo la tele con mi madre es tiempo perdido o quizás sea un tesoro que recordaré con nostalgia en años venideros. Y siento el ansia del mar que me llama, que me reclama, que me sugiere. El mar donde no hay caminos, o donde todos los caminos están por venir y donde nada es futuro ni pasado, sino todo es presente y sucede a la vez. Donde no existe más compulsión que el reclamo de la tierra y del puerto, tierra de miel y leche donde todas las fatigas serán recompensadas y donde será posible el olvido. ¿ Fuga ? Huyo de la tierra al mar y del mar a la tierra. Y mientras, la coca cola va desapareciendo y me dirijo a la cocina a por más.
Sí, han sido largos meses. Y aún faltan los ultimos coletazos antes de la próxima llamada por megafonia, el próximo babor y estribor de guardia, las proximas formaciones. Pero en este momento distante, encerrado en el silencio calido de mi oscura atalaya, pienso que ha sido un suspiro. Una pequeña contraccion del tiempo. Y que nada de lo que he vivido es real, o quizás ha sido todo tan real que mi vida palidece al pensar en ello.
Podría arder Roma a mis pies y todo me daría igual.
jueves, 13 de agosto de 2009
Lejos del mar
Puedes alejarte del mar, pero el mar no se alejará de ti. El otro día pensaba en eso cuando, harto de no poder recoger la esterilla sobre la que dormí estos días de camping, le hice dos nudos como me enseñara el cabo Dani y lo dejé listo para irme. ¡ Que bien lo había pasado ! Ahora recuerdo que dormí en el suelo como un perro y me resguardé con mi ropa para no pasar frío y me doy cuenta de que la vida marinera te hace sufrido y te permite tomarte las cosas con una sonrisa. Y menos mal. Porque he pasado por todo. He conocido la soledad y el miedo y el hambre y la tristeza. Y al final te queda una sonrisa, los buenos momentos pasados con los compañeros, la gente que has conocido y de la que te has despedido para verla sabe Dios cuando. Porque nadie está para siempre y todo pasa, pero siempre queda el mar. Y esa sensación extraña, cuando cae la noche y estás sentado en una bita contemplando tu propia oscuridad interior y sabes que da igual cuan lejos huyas o en que brazos te cobijes, que nunca podrás escapar de ti mismo.
Sí. Y aún así, el mar siempre es una puerta al más allá. ¡ Como extraño el mordisco del viento en la cara mientras navegas ! Y la calida camaraderia del comedor con los compañeros tirados en el sofá y los buenos mommentos pasados llegando a puertos desconocidos, donde bajar a comprar postales para esos amigos que dejamos por el camino.
Sí. Y aún así, el mar siempre es una puerta al más allá. ¡ Como extraño el mordisco del viento en la cara mientras navegas ! Y la calida camaraderia del comedor con los compañeros tirados en el sofá y los buenos mommentos pasados llegando a puertos desconocidos, donde bajar a comprar postales para esos amigos que dejamos por el camino.
martes, 28 de julio de 2009
Olas
A lo lejos chillaba feroz una gaviota. El viento sacudía la arena a su alrededor, moviendo las sombrillas y provocando chillidos y maldiciones.
A él le daba igual. Estaba tumbado boca arriba, ajeno al mundo mientras a su lado el libro descansaba tras el ultimo asalto y el sol tostaba su fragil piel.
¡ Qué bien se estaba ! El tiempo se detenía en esos momentos, ajeno al presente, al pasado, al futuro. Todo había sucedido ya y lo aguardaba en algún lugar, o todo tendría lugar. No importaba. Lo único que importaba en ese momento era el sol, el viento y su piel sudando.
Se enderezó en la toalla y miró a lo lejos. No vio la gente, no vio los chiringuitos, no vio las rocas. Todo le daba igual. Miró directamente al mar y supo que el mar le devolvía la mirada. Su viejo amigo. Las olas lamían la playa y sobre ella jugaban unos chiquillos. Y él pensaba que daba igual donde estuviera o que sucediera con su vida, porque ese mar siempre lamería la orilla y esas olas siempre irían y vendrían, como cantaba la vieja canción gallega.
Sí. Quizás era mejor estar así. Ser un punto entre el presente y el pasado, sin más afán de continuidad que el vacio en que siempre había vivido.
¿ Qué había sido de ella ? No lo sabía. Su amiga estaba en el extranjero, ayudando a los demás. Algunos estamos condenados a ser lo que somos, y aunque ella hubiera estado ahí para tomarlo de la mano y animarlo tampoco habría servido de gran cosa. El destino tiene sus caminos. Sonrió torcido. Empezaba a sonar como Paulo Coelho, lo cual no le ayudaría demasiado en la vida que le quedaba por delante.
45 días para irse a navegar. Volvió a dejarse caer en la toalla. Solo 45 días.
A él le daba igual. Estaba tumbado boca arriba, ajeno al mundo mientras a su lado el libro descansaba tras el ultimo asalto y el sol tostaba su fragil piel.
¡ Qué bien se estaba ! El tiempo se detenía en esos momentos, ajeno al presente, al pasado, al futuro. Todo había sucedido ya y lo aguardaba en algún lugar, o todo tendría lugar. No importaba. Lo único que importaba en ese momento era el sol, el viento y su piel sudando.
Se enderezó en la toalla y miró a lo lejos. No vio la gente, no vio los chiringuitos, no vio las rocas. Todo le daba igual. Miró directamente al mar y supo que el mar le devolvía la mirada. Su viejo amigo. Las olas lamían la playa y sobre ella jugaban unos chiquillos. Y él pensaba que daba igual donde estuviera o que sucediera con su vida, porque ese mar siempre lamería la orilla y esas olas siempre irían y vendrían, como cantaba la vieja canción gallega.
Sí. Quizás era mejor estar así. Ser un punto entre el presente y el pasado, sin más afán de continuidad que el vacio en que siempre había vivido.
¿ Qué había sido de ella ? No lo sabía. Su amiga estaba en el extranjero, ayudando a los demás. Algunos estamos condenados a ser lo que somos, y aunque ella hubiera estado ahí para tomarlo de la mano y animarlo tampoco habría servido de gran cosa. El destino tiene sus caminos. Sonrió torcido. Empezaba a sonar como Paulo Coelho, lo cual no le ayudaría demasiado en la vida que le quedaba por delante.
45 días para irse a navegar. Volvió a dejarse caer en la toalla. Solo 45 días.
domingo, 28 de junio de 2009
Silencio
Descuelgas el teléfono y nadie contesta los tonos. Ya es la tercera vez que marcas el numero y miras a tu interior, para no mirar al exterior. La primera vez te temblaban las manos, ansioso, nostalgico. ¿ Qué te traerá esta vez la llamada ? ¿ Alegria, tristeza, melancolia, silencio ? Frunciste el entrecejo y miraste a tu alrededor. Estabas solo al final del muelle, precisamente por eso habías elegido la cabina. No demasiado lejos, el barco perfilaba su sombra ominosa y la piedra del muelle ardía incandescente por el sol de media tarde. Bendito calor, como habías sudado al hacer la maniobra. Pero ahora estaba todo gloriosamente acabado, te habías lavado las manos y la cara ( como si fueras a algún sitio, piensas con un gesto hosco, extraño ) y tras cambiarte te dirigiste a esta cabina.
La segunda llamada la hiciste un poco más inquieto. ¿ Te habrás confundido con los numeros ? Marcas despacito, evitando errores. Le dijiste que la ibas a llamar a esta hora. ¿ Habrá pasado algo ? ¿ Habrá tenido algún problema ? Sientes algo que te roe las entrañas. No es el miedo egoista e insolidario a que esté con otro. Es el miedo egoista e insolidario a que no quiera estar contigo. De repente recuerdas cosas que prefieres no recordar y te preguntas, mirandote las manos aún asperas del trabajo, porqué demonios no te habrás dejado el alma en el barco en vez de llevarla a tierra.
Suspiras. Tu ultima llamada es un intento baladí, esperanzado pero inutil, como esos equipos que se lanzan a por una remontada que saben imposible pero no pueden dejar de intentar, por vergüenza, por orgullo. Llamas y, tal y como te temías, nadie contesta a tus tonos.
¿ Y ahora qué ? Sales de la cabina y miras a tu alrededor, entornando los ojos sensibles a la poderosisima luz. De repente, lamentas ser como eres. Lamentas no poder coger un cigarro y, mientras fumas, renegar en arameo. También lamentas no poder hacer lo que ese compañero tuyo, irte a un bar y beber hasta quedar hecho polvo. ¿ Quién te mandaría a ti meterte en estas cosas ?
Entonces recuerdas a otra compañera tuya. ¿ Qué hizo ella en esa situación ? Largar todo y seguir adelante. Pero es demasiado pronto. Hace falta confianza. ¿ Confianza en ella o confianza en ti ? Pongamos más bien que hace falta algo de lo segundo. Así que te encoges de hombros, levantas la vista y miras directamente al sol. Te duele, pero así consigues que unas lagrimas que ansias te liberen corran por tus mejillas. Y aún encogido de hombros, preguntandote para que demonios sirven los teléfonos que tanto dan esperanza como quitan, te diriges afuera del muelle a andar y andar hasta perderte. Sabiendo que por muy lejos que vayas, nunca podrás librarte de ti mismo.
La segunda llamada la hiciste un poco más inquieto. ¿ Te habrás confundido con los numeros ? Marcas despacito, evitando errores. Le dijiste que la ibas a llamar a esta hora. ¿ Habrá pasado algo ? ¿ Habrá tenido algún problema ? Sientes algo que te roe las entrañas. No es el miedo egoista e insolidario a que esté con otro. Es el miedo egoista e insolidario a que no quiera estar contigo. De repente recuerdas cosas que prefieres no recordar y te preguntas, mirandote las manos aún asperas del trabajo, porqué demonios no te habrás dejado el alma en el barco en vez de llevarla a tierra.
Suspiras. Tu ultima llamada es un intento baladí, esperanzado pero inutil, como esos equipos que se lanzan a por una remontada que saben imposible pero no pueden dejar de intentar, por vergüenza, por orgullo. Llamas y, tal y como te temías, nadie contesta a tus tonos.
¿ Y ahora qué ? Sales de la cabina y miras a tu alrededor, entornando los ojos sensibles a la poderosisima luz. De repente, lamentas ser como eres. Lamentas no poder coger un cigarro y, mientras fumas, renegar en arameo. También lamentas no poder hacer lo que ese compañero tuyo, irte a un bar y beber hasta quedar hecho polvo. ¿ Quién te mandaría a ti meterte en estas cosas ?
Entonces recuerdas a otra compañera tuya. ¿ Qué hizo ella en esa situación ? Largar todo y seguir adelante. Pero es demasiado pronto. Hace falta confianza. ¿ Confianza en ella o confianza en ti ? Pongamos más bien que hace falta algo de lo segundo. Así que te encoges de hombros, levantas la vista y miras directamente al sol. Te duele, pero así consigues que unas lagrimas que ansias te liberen corran por tus mejillas. Y aún encogido de hombros, preguntandote para que demonios sirven los teléfonos que tanto dan esperanza como quitan, te diriges afuera del muelle a andar y andar hasta perderte. Sabiendo que por muy lejos que vayas, nunca podrás librarte de ti mismo.
lunes, 22 de junio de 2009
Un aullido a la luna
Creo que todos lo hemos hecho tarde o temprano. Observamos al perro salir al patio, o asomarse a la oscuridad y aullar. Profundo, intenso, tierno, conmovedor. Algo que surge de su interior y retumba. El ser humano no hace sonidos parecidos. Necesitamos un grupo para sentir que nos estremezcan así, que nos sacudan. Hace un rato recordé un aplauso que escuché hace un año y pico que aún hace que se me salten las lagrimas un poco y se me quede una cara un poco rara.
Recuerdos. ¿ Es eso a lo que aulla el perro ? ¿ Un recuerdo ? No lo sé. Yo cuando veo a un animal expresarse de forma tan conmovedora creo que no tiene más motivo para hacerlo que el motivo de existir. Igual que un delfin retoza junto a un barco porque está en su naturaleza, un perro aulla a la luna porque siente que debe hacerlo. ¿ Para que más ? La vida se nutre a si misma, se canibaliza y se vuelve historia o arqueologia. Y entonces un buen día te levantas y te das cuenta de que nada tiene sentido, o que quizás todo lo tiene. Y que esos sueños que pegan a la puerta de tu consciencia son los que siempre tuviste, pero que nunca hasta ahora te has atrevido a ponerles caras. Y quizás no deberías hacerlo, porque ponerle caras es como decir un deseo en voz alta: el deseo se corrompe y nunca sale. ¿ Supersticioso ? Tengo familia gallega. No necesito decir más.
Creo que tengo ganas de aullar. Mañana es San Juan. ¿ Habrá magia en el aire ? No lo sé. Solo sé que es la primera vez que va a salir mi barco desde que estoy a bordo sin mi, y me siento huerfano y nostalgico. Y sé por lo que lo hago y sé que debo y... pero creo que mañana, cuando todo acabe, iré al mar y lanzaré mi aullido a ese mundo infinito que tanto me atrae. Por ellos y por mi. Porque soy lo que soy y hago lo que hago.
Recuerdos. ¿ Es eso a lo que aulla el perro ? ¿ Un recuerdo ? No lo sé. Yo cuando veo a un animal expresarse de forma tan conmovedora creo que no tiene más motivo para hacerlo que el motivo de existir. Igual que un delfin retoza junto a un barco porque está en su naturaleza, un perro aulla a la luna porque siente que debe hacerlo. ¿ Para que más ? La vida se nutre a si misma, se canibaliza y se vuelve historia o arqueologia. Y entonces un buen día te levantas y te das cuenta de que nada tiene sentido, o que quizás todo lo tiene. Y que esos sueños que pegan a la puerta de tu consciencia son los que siempre tuviste, pero que nunca hasta ahora te has atrevido a ponerles caras. Y quizás no deberías hacerlo, porque ponerle caras es como decir un deseo en voz alta: el deseo se corrompe y nunca sale. ¿ Supersticioso ? Tengo familia gallega. No necesito decir más.
Creo que tengo ganas de aullar. Mañana es San Juan. ¿ Habrá magia en el aire ? No lo sé. Solo sé que es la primera vez que va a salir mi barco desde que estoy a bordo sin mi, y me siento huerfano y nostalgico. Y sé por lo que lo hago y sé que debo y... pero creo que mañana, cuando todo acabe, iré al mar y lanzaré mi aullido a ese mundo infinito que tanto me atrae. Por ellos y por mi. Porque soy lo que soy y hago lo que hago.
viernes, 5 de junio de 2009
Una cuna para un marinero
Cuentame, oscura compañera, porqué la noche no es mi amiga. Cuentame porqué me estremezco y ruedo por la cama, porqué mi lengua se seca, porqué mi garganta se aprisiona y mis brazos extrañan tu cuerpo. Cuentame, amiga secreta, que calida placenta de agua y acero extraño. Porque mis noches no saben igual sin el eco de la cadena contra el costado, sin el estremecerse de las taquillas y los susurros de mis compañeros, que intentan entrar en silencio sin conseguirlo. Porque el desayuno sin caras largas y gruñidos no sabe igual, porqué el sol no brilla tanto como en el puente. Porqué el silencio me exhaspera, extrañando el constante run run de los motores que suenan por todo el barco estés donde estés.
Quiero y no quiero. Es un amor imposible, hecho de melancolia y soledad y de cariño y olvido. Quiero enterrarme en tus profundidades y llegar a puerto para comprar cosas y despejarme, quiero vivir entre las insondables profundidades y el vacío de los puertos. Quiero subir al puente alto en puerto y chatear hasta no poder más, y bajar a la cubierta y charlar con los amigos que están pescando. Y luego quiero irme a la cama, a ese utero oscuro y profundo al final del sollado de seis, donde el Buda dirá alguna tontería y todos nos reiremos, donde las confidencias surgen con la mayor naturalidad y te sientes en tu casa.
Quiero dormir en mi cunita. Y cuando salga de ella, quiero que tu me abraces.
Quiero y no quiero. Es un amor imposible, hecho de melancolia y soledad y de cariño y olvido. Quiero enterrarme en tus profundidades y llegar a puerto para comprar cosas y despejarme, quiero vivir entre las insondables profundidades y el vacío de los puertos. Quiero subir al puente alto en puerto y chatear hasta no poder más, y bajar a la cubierta y charlar con los amigos que están pescando. Y luego quiero irme a la cama, a ese utero oscuro y profundo al final del sollado de seis, donde el Buda dirá alguna tontería y todos nos reiremos, donde las confidencias surgen con la mayor naturalidad y te sientes en tu casa.
Quiero dormir en mi cunita. Y cuando salga de ella, quiero que tu me abraces.
Arf arf
A las buenas tardes. Esta es la primera entrada de un blog del cual el Sr Juan es culpable y responsable último. Así que si quieren matar a alguien, vayan a por él.
Yo también te quiero, Juan.
Respecto al tema del blog, este es un espacio más " oficial " donde publicaré algunas de las barrabasadas que pongo por hotmail de cuando en cuando. El tema y el titulo no son elecciones casuales: Prosi es mi mote en la Armada y por el que todo Dios me conoce allí, mientras que " perro de mar " es un perverso juego de palabras. Yo soy demasiado domestico y apalancado para ser un lobo de mar, arrr, a la vez que soy un bicho de manada y muy entregado a mis amigos. Y no dejo de ser español, triste heredero de la expresión " que buen siervo fuera, si buen rey tuviera ".
Justo como un perro. Que si tiene quién se preocupe por él, es la criatura más fiel, esforzada y digna del mundo. Un animal que cuida del rebaño, que protege el hogar, que siempre guarda un lametón para el amo querido que es como un Dios para él cuando vuelve a casa. Y que cuando no puede más, resignado, encoge las orejas y se va a su rincón para no molestar.
Así que señores, sean bienvenidos a esta mi particular cueva de ladridos. Y que Dios os coja confesados. Un saludito
Sr Ale ( Prosi )
Yo también te quiero, Juan.
Respecto al tema del blog, este es un espacio más " oficial " donde publicaré algunas de las barrabasadas que pongo por hotmail de cuando en cuando. El tema y el titulo no son elecciones casuales: Prosi es mi mote en la Armada y por el que todo Dios me conoce allí, mientras que " perro de mar " es un perverso juego de palabras. Yo soy demasiado domestico y apalancado para ser un lobo de mar, arrr, a la vez que soy un bicho de manada y muy entregado a mis amigos. Y no dejo de ser español, triste heredero de la expresión " que buen siervo fuera, si buen rey tuviera ".
Justo como un perro. Que si tiene quién se preocupe por él, es la criatura más fiel, esforzada y digna del mundo. Un animal que cuida del rebaño, que protege el hogar, que siempre guarda un lametón para el amo querido que es como un Dios para él cuando vuelve a casa. Y que cuando no puede más, resignado, encoge las orejas y se va a su rincón para no molestar.
Así que señores, sean bienvenidos a esta mi particular cueva de ladridos. Y que Dios os coja confesados. Un saludito
Sr Ale ( Prosi )
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