Puedes alejarte del mar, pero el mar no se alejará de ti. El otro día pensaba en eso cuando, harto de no poder recoger la esterilla sobre la que dormí estos días de camping, le hice dos nudos como me enseñara el cabo Dani y lo dejé listo para irme. ¡ Que bien lo había pasado ! Ahora recuerdo que dormí en el suelo como un perro y me resguardé con mi ropa para no pasar frío y me doy cuenta de que la vida marinera te hace sufrido y te permite tomarte las cosas con una sonrisa. Y menos mal. Porque he pasado por todo. He conocido la soledad y el miedo y el hambre y la tristeza. Y al final te queda una sonrisa, los buenos momentos pasados con los compañeros, la gente que has conocido y de la que te has despedido para verla sabe Dios cuando. Porque nadie está para siempre y todo pasa, pero siempre queda el mar. Y esa sensación extraña, cuando cae la noche y estás sentado en una bita contemplando tu propia oscuridad interior y sabes que da igual cuan lejos huyas o en que brazos te cobijes, que nunca podrás escapar de ti mismo.
Sí. Y aún así, el mar siempre es una puerta al más allá. ¡ Como extraño el mordisco del viento en la cara mientras navegas ! Y la calida camaraderia del comedor con los compañeros tirados en el sofá y los buenos mommentos pasados llegando a puertos desconocidos, donde bajar a comprar postales para esos amigos que dejamos por el camino.
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