A lo lejos chillaba feroz una gaviota. El viento sacudía la arena a su alrededor, moviendo las sombrillas y provocando chillidos y maldiciones.
A él le daba igual. Estaba tumbado boca arriba, ajeno al mundo mientras a su lado el libro descansaba tras el ultimo asalto y el sol tostaba su fragil piel.
¡ Qué bien se estaba ! El tiempo se detenía en esos momentos, ajeno al presente, al pasado, al futuro. Todo había sucedido ya y lo aguardaba en algún lugar, o todo tendría lugar. No importaba. Lo único que importaba en ese momento era el sol, el viento y su piel sudando.
Se enderezó en la toalla y miró a lo lejos. No vio la gente, no vio los chiringuitos, no vio las rocas. Todo le daba igual. Miró directamente al mar y supo que el mar le devolvía la mirada. Su viejo amigo. Las olas lamían la playa y sobre ella jugaban unos chiquillos. Y él pensaba que daba igual donde estuviera o que sucediera con su vida, porque ese mar siempre lamería la orilla y esas olas siempre irían y vendrían, como cantaba la vieja canción gallega.
Sí. Quizás era mejor estar así. Ser un punto entre el presente y el pasado, sin más afán de continuidad que el vacio en que siempre había vivido.
¿ Qué había sido de ella ? No lo sabía. Su amiga estaba en el extranjero, ayudando a los demás. Algunos estamos condenados a ser lo que somos, y aunque ella hubiera estado ahí para tomarlo de la mano y animarlo tampoco habría servido de gran cosa. El destino tiene sus caminos. Sonrió torcido. Empezaba a sonar como Paulo Coelho, lo cual no le ayudaría demasiado en la vida que le quedaba por delante.
45 días para irse a navegar. Volvió a dejarse caer en la toalla. Solo 45 días.
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