domingo, 28 de junio de 2009

Silencio

Descuelgas el teléfono y nadie contesta los tonos. Ya es la tercera vez que marcas el numero y miras a tu interior, para no mirar al exterior. La primera vez te temblaban las manos, ansioso, nostalgico. ¿ Qué te traerá esta vez la llamada ? ¿ Alegria, tristeza, melancolia, silencio ? Frunciste el entrecejo y miraste a tu alrededor. Estabas solo al final del muelle, precisamente por eso habías elegido la cabina. No demasiado lejos, el barco perfilaba su sombra ominosa y la piedra del muelle ardía incandescente por el sol de media tarde. Bendito calor, como habías sudado al hacer la maniobra. Pero ahora estaba todo gloriosamente acabado, te habías lavado las manos y la cara ( como si fueras a algún sitio, piensas con un gesto hosco, extraño ) y tras cambiarte te dirigiste a esta cabina.
La segunda llamada la hiciste un poco más inquieto. ¿ Te habrás confundido con los numeros ? Marcas despacito, evitando errores. Le dijiste que la ibas a llamar a esta hora. ¿ Habrá pasado algo ? ¿ Habrá tenido algún problema ? Sientes algo que te roe las entrañas. No es el miedo egoista e insolidario a que esté con otro. Es el miedo egoista e insolidario a que no quiera estar contigo. De repente recuerdas cosas que prefieres no recordar y te preguntas, mirandote las manos aún asperas del trabajo, porqué demonios no te habrás dejado el alma en el barco en vez de llevarla a tierra.
Suspiras. Tu ultima llamada es un intento baladí, esperanzado pero inutil, como esos equipos que se lanzan a por una remontada que saben imposible pero no pueden dejar de intentar, por vergüenza, por orgullo. Llamas y, tal y como te temías, nadie contesta a tus tonos.
¿ Y ahora qué ? Sales de la cabina y miras a tu alrededor, entornando los ojos sensibles a la poderosisima luz. De repente, lamentas ser como eres. Lamentas no poder coger un cigarro y, mientras fumas, renegar en arameo. También lamentas no poder hacer lo que ese compañero tuyo, irte a un bar y beber hasta quedar hecho polvo. ¿ Quién te mandaría a ti meterte en estas cosas ?
Entonces recuerdas a otra compañera tuya. ¿ Qué hizo ella en esa situación ? Largar todo y seguir adelante. Pero es demasiado pronto. Hace falta confianza. ¿ Confianza en ella o confianza en ti ? Pongamos más bien que hace falta algo de lo segundo. Así que te encoges de hombros, levantas la vista y miras directamente al sol. Te duele, pero así consigues que unas lagrimas que ansias te liberen corran por tus mejillas. Y aún encogido de hombros, preguntandote para que demonios sirven los teléfonos que tanto dan esperanza como quitan, te diriges afuera del muelle a andar y andar hasta perderte. Sabiendo que por muy lejos que vayas, nunca podrás librarte de ti mismo.

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