martes, 31 de julio de 2012
Y se arria la bandera
Aunque sabes que no es un adios, sino solo un hasta luego. Hay formaciones, limpiezas, ordenes, discursos. Hay mucho ruido y pocas palabras, hay muchos gestos y ningun sentido. Hay una sensación inquietante de vacio ante el salto a lo desconocido que llega.
Y sin embargo te quedas con los buenos momentos. Con la gente que ha supuesto una diferencia y a la que volverás a ver dentro de un mes, pero quieres volver a ver incluso antes. Con esos esfuerzos que has hecho, que te han roto por dentro y por fuera, y que sin embargo no te importaría volver a hacer. Si. Eres un bicho de periodos.
¿ Y qué queda ahora ? Ese gran abismo que es tu vida personal, esa busqueda continua, esa incertidumbre. Vivimos entre la seguridad y la libertad. Pero ahora no quiero pensar en nada. No quiero vivir. Acabo de soltarlo todo y solo quiero llenar mis pulmones de aire, de ese aire agridulce y aspero. ¿ A qué sabe ? Sabe a noches en velas, a conversaciones con desconocidos, a soledad y tristeza, pero también sabe a risas, a conocimiento, a inquietudes. Sabe a vivir, más allá de la misión, más allá de las obligaciones y de las necesidades. Sabe a vivir por el placer de vivir, sin preguntarse nada.
Gracías. Gracías por todo.
viernes, 6 de julio de 2012
Una casa en la montaña
Hay un sitio entre la tierra y el mar donde una vez quedé varado. Arrastrado por la marea, desconocedor de lo que estaba bien y lo que estaba mal, me agarré al último madero huerfano que encontré y decidí seguirlo a donde me llevara. Tras varias vueltas y mucho tren, una mañana atravesé un tunel que parecía infinito y entré en una estación naval. Me recibieron unas pistas de fútbol, unos grandes edificios de piedra oscura, muelles y un sitio llamado " cuartel de alumnos ".
Entonces llevaba una chupa de cuero, unos pantalones anchos y unos tenis de baloncesto. Una mochila en la que había vaciado todo lo que tenía hasta ese momento, para llenarlo con preguntas.
Y poco a poco, esas preguntas fueron respondidas. Mi mochila quedó a un lado y me dieron varios petates llenos de cosas. También libros, y una gorra, y unas botas. Corrí mucho, estudié mucho, sufrí mucho. Escribí poemas y recibí cartas, monté guardias. Conocí a gente maravillosa y pasé mucha soledad, mucho frío y mucha tristeza.
Y un día, casi sin darme cuenta, volví de unas vacaciones y me encontré con que lo echaba de menos. Con que ese sitio era mi hogar. Con su habitación conocida, sus compañeros conocidos, su comedor conocido. Con sus horarios, sus historias y su vida, que ahora de repente era la mía. Un lugar donde sentirme estable, protegido, seguro. Un hogar.
Ha pasado mucho tiempo. He estado en muchos sitios y ya no soy el que fui. Pero hoy por la mañana, bajandome del coche, le comenté a mi compañero que me encantaba este sitio. Él no me entendía, como probablemente ni yo me entienda. Pero cuando oigo hablar a determinados mandos, cuando veo determinadas piedras, cuando escucho el viento silbar... recuerdo. Y con el recuerdo brota una sonrisa, desgarradora como una herida. Hoy hemos hecho un examen de atletismo. Lloviendo. Como todos los examenes así que he hecho aquí. Con el mismo rostro adusto, severo, que tomaba nota de mi marca y me daba permiso para retirarme.
Ya no somos los que eramos. Hay algunos compañeros nuevos que llevaré conmigo siempre y otros que ni he llevado, ni llevaré nunca. Mi petate tiene más numeros apuntados, mi mochila empieza a pesar. Pero a veces, cuando uno mira atrás, casi puede ver a ese chico rubio y delgado, pequeñito, al que todo fascinaba y que estaba tan ansioso de que le dieran un objetivo, una tarea que cumplir. Si cierro los ojos puedo verlo caminar a mi lado, tumbandose a acariciar la hierba y mirando el otro lado de la ría, subiendo la cuesta para poder mirar más allá. Siempre más allá. Y sé que ahora me mira y sonríe, como yo sonrío. Disfrutando de esa paz que da saber que eres quién quieres ser y que puedes estar orgulloso de ti mismo.
Sí. Esa es mi escuela. Un poquito de hogar.
jueves, 5 de julio de 2012
Amores de cubierta
Llueve y la niebla no te deja ver lejos. Quizás como siempre. Y afuera hace frío y miras a tu alrededor buscando donde cobijarte. El suelo está humedo porque no ha dado tiempo a secarse las botas al entrar y el café quema en las manos del compañero, que las aprieta contra la taza para recuperar algo de vida. Sientes el picor de la barba en la cara y las manos entumecidas, saladas, te pican pidiendo... ¿ qué ?
Y de repente ahí está. A tu lado. Unos ojos cálidos, una sonrisa. ¿ Qué más quieres ? Sin darte cuenta tus pies siguen a tus ojos y tus manos siguen a tus pies. Y estáis donde no debéis, haciendo lo que no debéis. ¿ Y a quién le importa ? Mañana la misma ola que te empapó puede arrastrarte fuera y nada de lo que dijeras, pensaras o sintieras te impedirá ser comida para peces. Así que disfruta del calor donde puedas encontrarlo, de la sonrisa donde la tengas, del abrazo cuando es generoso y sale de adentro. Disfruta lo que tengas, aunque sepas que es mentira.
Porque mañana entras en puerto. Y ahí está tu vida, tu vida de verdad. Los amigos que eliges porque puedes, la comida que haces con lo que tienes, tu familia si la hay. Y lo que pasó ahí afuera, donde ni Dios mira para el hombre, eso quedó ahí. ¿ Es una vida extraña ? ¿ Es una vida dura ? Termina siendo la unica vida que conoces y cuando estás seis meses lejos de tu familia no puedes evitar pensar de la misma manera. Encontrar amistad donde puedes para evitar ese frio que te entra en las manos y no te suelta, que hace que por las noches te asomes a la ventana preguntandote... ¿ qué hay ahí fuera que realmente merezca la pena ?
Esto. Tu mereces la pena.
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