viernes, 6 de julio de 2012

Una casa en la montaña


Hay un sitio entre la tierra y el mar donde una vez quedé varado. Arrastrado por la marea, desconocedor de lo que estaba bien y lo que estaba mal, me agarré al último madero huerfano que encontré y decidí seguirlo a donde me llevara. Tras varias vueltas y mucho tren, una mañana atravesé un tunel que parecía infinito y entré en una estación naval. Me recibieron unas pistas de fútbol, unos grandes edificios de piedra oscura, muelles y un sitio llamado " cuartel de alumnos ".
Entonces llevaba una chupa de cuero, unos pantalones anchos y unos tenis de baloncesto. Una mochila en la que había vaciado todo lo que tenía hasta ese momento, para llenarlo con preguntas.
Y poco a poco, esas preguntas fueron respondidas. Mi mochila quedó a un lado y me dieron varios petates llenos de cosas. También libros, y una gorra, y unas botas. Corrí mucho, estudié mucho, sufrí mucho. Escribí poemas y recibí cartas, monté guardias. Conocí a gente maravillosa y pasé mucha soledad, mucho frío y mucha tristeza.
Y un día, casi sin darme cuenta, volví de unas vacaciones y me encontré con que lo echaba de menos. Con que ese sitio era mi hogar. Con su habitación conocida, sus compañeros conocidos, su comedor conocido. Con sus horarios, sus historias y su vida, que ahora de repente era la mía. Un lugar donde sentirme estable, protegido, seguro. Un hogar.
Ha pasado mucho tiempo. He estado en muchos sitios y ya no soy el que fui. Pero hoy por la mañana, bajandome del coche, le comenté a mi compañero que me encantaba este sitio. Él no me entendía, como probablemente ni yo me entienda. Pero cuando oigo hablar a determinados mandos, cuando veo determinadas piedras, cuando escucho el viento silbar... recuerdo. Y con el recuerdo brota una sonrisa, desgarradora como una herida. Hoy hemos hecho un examen de atletismo. Lloviendo. Como todos los examenes así que he hecho aquí. Con el mismo rostro adusto, severo, que tomaba nota de mi marca y me daba permiso para retirarme.
Ya no somos los que eramos. Hay algunos compañeros nuevos que llevaré conmigo siempre y otros que ni he llevado, ni llevaré nunca. Mi petate tiene más numeros apuntados, mi mochila empieza a pesar. Pero a veces, cuando uno mira atrás, casi puede ver a ese chico rubio y delgado, pequeñito, al que todo fascinaba y que estaba tan ansioso de que le dieran un objetivo, una tarea que cumplir. Si cierro los ojos puedo verlo caminar a mi lado, tumbandose a acariciar la hierba y mirando el otro lado de la ría, subiendo la cuesta para poder mirar más allá. Siempre más allá. Y sé que ahora me mira y sonríe, como yo sonrío. Disfrutando de esa paz que da saber que eres quién quieres ser y que puedes estar orgulloso de ti mismo.
Sí. Esa es mi escuela. Un poquito de hogar.

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