jueves, 20 de agosto de 2009

Mientras arde Roma

Me asomo a mi balcón, ese pequeño mirador al trozo de mundo que es mi calle, con un vaso de coca cola en las manos y la mente a miles de kms de distancia. Pienso en el tiempo y el espacio que se pliegan ante mis ojos nostalgicos y en todo lo que fue y todo lo que será. Mesianismo. Soledad y nostalgia. Miedo. Sexo.
Ante mí se muestra lo que fue y lo que será. Y elijo no elegir. Mientras tanto, respiro la brisa que viene del mar y oigo a lo lejos las motos que siempre circulan por esta ciudad maldita, querida por los dioses. Siento la presión del tiempo contra mi piel, tiempo perdido y tiempo regalado y tiempo útil y tiempo muerto. Como piel que, reseca, se cae para dejar al descubierto nueva piel con el sonrosado color de los recién nacidos.
¿ Qué espero de la vida ? ¿ Qué quiero ? Quizás ese rato sentado viendo la tele con mi madre es tiempo perdido o quizás sea un tesoro que recordaré con nostalgia en años venideros. Y siento el ansia del mar que me llama, que me reclama, que me sugiere. El mar donde no hay caminos, o donde todos los caminos están por venir y donde nada es futuro ni pasado, sino todo es presente y sucede a la vez. Donde no existe más compulsión que el reclamo de la tierra y del puerto, tierra de miel y leche donde todas las fatigas serán recompensadas y donde será posible el olvido. ¿ Fuga ? Huyo de la tierra al mar y del mar a la tierra. Y mientras, la coca cola va desapareciendo y me dirijo a la cocina a por más.
Sí, han sido largos meses. Y aún faltan los ultimos coletazos antes de la próxima llamada por megafonia, el próximo babor y estribor de guardia, las proximas formaciones. Pero en este momento distante, encerrado en el silencio calido de mi oscura atalaya, pienso que ha sido un suspiro. Una pequeña contraccion del tiempo. Y que nada de lo que he vivido es real, o quizás ha sido todo tan real que mi vida palidece al pensar en ello.
Podría arder Roma a mis pies y todo me daría igual.

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