Estaba en pleno momento relajación y meditación, donde otras personas suelen llevarse revistas e incluso catalogos de supermercados ( si necesitais que os dé más detalles, ya podéis ir desapareciendo de este blog :-P ), cuando me fijé en el tacto de mis manos. Que curioso. Ya me di cuenta hace unas semanas, pero precisamente ahora me ha llamado la atención.
Hay una capa de grasa sobre mis dedos, en el interior. Es una capa dura, tensa, como la que tengo en la esquina del dedo gordo del pie producida por las botas. ¿ Un callo ? Sí, posiblemente. Para mi las manos encallecidas siempre han sido sinonimo de trabajo duro, de sudor, de hombría. Algo muy masculino que pegaba muy poco con un chico rubio y delicado que no llega a los sesenta kilos de peso.
Y sin embargo ahí están. Redondeadas, suaves y duras. Algo sobresalientes, más allá de los esqueletos que siempre he tenido por dedos. Almohadilladas. Recorro la palma y los dedos y recuerdo. Oh, como recuerdo.
Apenas era un niño y me llevaba de la mano. Me fascinaban esas manos. Era el tacto, suave y duro a la vez, comodo, como una almohada dura de esas que tanto me gustan para dormir. Recuerdo estar sentado en sus rodillas, apenas un mico, y jugar a pasar mi dedo por su mano intentando hacerle cosquillas. A él le encantaba. Es uno de esos recuerdos prepuberes, que uno no sabe muy bien si son ciertos o soñados. Recuerdo la sensación que siempre me fascinó e incluso luego, más mayor, a veces le pedía que me dejara cogerle la mano solo para reencontrarme con ese tacto que para mi siempre supo a familia, a hogar, a cariño.
Las manos de mi abuelo eran manos de mar. Empezó a trabajar cargando cajas de pescado cuando tenía ocho años y se retiró ya más cerca de los sesenta que de los cincuenta. Era un hombre de miembros delgados pero nervudos, fuertes, hombros anchos, cintura estrecha y piel morena. Tenía arrugas que debían estar ahí desde siempre y cuando sonreía le brillaban los ojos. A veces ensayaba un paso de boxeo e intentaba esquivarlo, lo que su cadera ya con una edad daba de sí. Era muy divertido, aunque daba imagen de seriedad e imponía respeto por su forma de ser, callada, reservada. Una persona más dada a escuchar que a hablar y que tanteaba con mucho cuidado antes de poner el pie en un sitio.
Yo he intentado seguir su ejemplo tanto como mi carácter me ha permitido. Y hoy, casi sin querer, me he reencontrado con sus manos en las mías. Sé que estos callos se me quitarán durante los proximos días de descanso y que volverán a salir en cuanto vuelva al barco. Son callos hechos de halar de boza y codera, de adujar cabos, de levantar estachas, de cargar defensas. Son callos de cubierta y me han costado no pocos disgustos y tensiones. Pero en estos momentos que mentalmente me despido del barco, me recuerdan quien soy y de donde vengo. Y me permiten soñar con ese mico que jugaba en las rodillas de mi abuelo a tocar esos mismos callos.
Cuidarse. Se os echa de menos
Sr Ale
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