viernes, 20 de septiembre de 2013
Marinos de despacho
Te los encuentras aquí y allá, con un galón o con otro. Parapetados en sus privilegios, presumiendo de su calidad de vida. Gente que lleva un uniforme sin saber lo que significa, que discute por el angulo que forma la mano en el saludo o el tratamiento correcto que se debe emplear. Marinos de la guerra de Gila, que han estado en un barco de visita, oficiales de manos delicadas, turistas belicos.
Ojo, no escribo esto como el Capitán Ahab. Pero hace apenas unas horas recibí una foto que me sacó una sonrisa. Un orto desde el bote hidrografico. Un compañero y un amigo me recordaba lo que era y es ser marino, y todos los recuerdos han vuelto a mi. El olor a gasoil de la maquina, con su run run diesel infatigable, los secos portazos de los sollados, el peso de las botas y la faena que te baila alrededor del cuerpo mientras haces tu circuito, del sollado al comedor y del comedor a la cubierta. La brisa fría en la cara que te devuelve la vida, y la risa de un compañero, el humo de su cigarro, los primeros juramentos, obscenidades, insultos.
Y las maniobras. La tensión de no saber si algo puede salir mal, el lanzarle una mirada a un compañero preguntandole y que él te lance una asintiendo, el ponerte el casco y el chaleco sabiendo a lo que vas. Los gritos, el esfuerzo... el trabajo en sí. Y una vez acabas meterte en el baño a lavarte las manos y sacarte el escozor en las palmas, el sudor que se te pega en la cara y mirarte al espejo, sabiendo que ha salido bien, al menos por esta vez. Y sonreírle al espejo, dandole gracias a quién quiera a quién le puedas dar gracias porque no hay nada que lamentar.
Eso no se aprende en una escuela. No se vive en una oficina. Quizás penséis que es una ventaja para vosotros el tener las tardes libres, el estar a decenas de guardias, el poder dormir cada noche con vuestra novia. Y probablemente tenéis razón. Pero para algunos de nosotros, la vida es una aventura que debe ser explotada, experimentada, saboreada. Vosotros no sabeis la... ¿amistad ? que se siente por una dotación con la que compartes sesenta días de trabajo, soledad y angustia, pero también de alegria, de satisfacción, de compañerismo. No tenéis el picor en las manos, la tensión en el cuello, el hambre de volver a salir, de volver a esforzaros, de volver a triunfar. Y cuando vuestros nietos os pregunten por donde navegasteis, contestaréis: "No no, navegar no. Pero viví muy bien".
Felicidades, oficinistas de uniforme. Gracías por recordarme quién y qué soy.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

En estos momentos añoro aquellas vigilancias sentado en la maquina viendo las horas consumirse poco a poco mientras pasaba vigilancias limpiando la grasa de aquellos ruidosos motores.
ResponderEliminarAquellos donde las vigilancias eran agónicas porque como ya comentaste en el momento de hacerse a la mar te das cuenta que lo verdaderamente importante es dormir, comer y que te dejen un poco tranquilo.
La última milla para atracar se aproxima y ahora más que nunca deberíamos poner el resto de nuestras fuerzas para llegar sanos y salvo.
Las magulladuras del camino quedaran como recuerdos y vivencias.