viernes, 13 de abril de 2012

Me duelen los pies. Me duele el alma

Tengo una ampolla del tamaño de un dedo en el pie. Aparte chistes faciles, la piel está lacerada y duele a horrores. Pero el dolor del pie, siendo molesto, es solo una herida de tantas en este acribillado nazareno de los horrores que es mi alma ultimamente.
Le han quitado sentido a lo ultimo que lo tenía. A lo que justifica el trabajo honrado, el formar con los compañeros y exigirte más, siempre más. A la definición de compañerismo, que consiste en dar la cara por el que tienes delante en la confianza de que esa persona la dará por ti mañana.
Pero ya no hay compañeros. Ya no hay honor. Y quién tiene que ser para ti modelo y ejemplo, quien te enseña a ser decente y respetable, para el día de mañana actuar de espejo de virtudes de quien tienes delante, no se molesta. Está demasiado ocupado salvando su culo, dando una imagen. Quizás hastiado de tratar con gente que no le responde, que no está a la altura de sus esfuerzos, que no lo merecen. Y tu, que llevas seis meses pasando por altibajos, mirando a izquierda y derecha en busca de algo que te motive, cuando no miras arriba y abajo intentando encontrarlo y te sientes perdido y desorientado, te sientes aún más perdido y desorientado. No ya dolido sino lo siguiente, esa perdida de sensibilidad que te viene cuando renuncias a esperar que haya un mundo mejor y ya lo unico que esperas es a que te deje de doler cuanto antes. Cuando ya no pides esperanza, ni alegria, ni coraje... sino solo pides anestesia o que te rematen.

Y cuando crees que ya no puedes más y que nada tiene sentido, siempre hay algo que te permite sonreir. Un compañero con el que te ríes, alguien con quién compartes algo. Un oficial al que puedes mirar a los ojos y respetar. Y sobre todo, siempre, el recuerdo de tantos momentos. Cierras los ojos y vuelves a aspirar la costa, a oler el mar duro, aspero, feroz, y saboreas el viento frio que te corta. Y sabes que, por mucho que te hagan creer lo contrario y te empujen, la verdad está ahí fuera. Y sonríes feroz, el pomulo derecho adelantado para asomar el colmillo, el ojo encogido y la mirada fija, peligrosa. Porque sabes que a un lobo, como a un perro, solo se le puede acorralar hasta cierto punto. Y a partir de ahí, ya no hay como dar un paso atrás. Como decían en aquella novela de Alatriste " ya solo queda batirse ". Así que venga. A morir o a matar, pero con la cabeza bien alta. Que ya está bien.

No hay comentarios:

Publicar un comentario